AGENDA ABIERTA
En un mundo que aplaude la autosuficiencia, el control y la imagen pulida, mostrarse vulnerable puede sentirse como un acto de peligro. Sin embargo, en lo más profundo de nuestra estructura emocional, todos anhelamos lo mismo: un espacio donde podamos ser vistos tal como somos, sin tener que explicarnos ni justificarnos.
Mostrar nuestro dolor, miedo, rabia, tristeza o confusión sin que el otro se aleje es una de las formas más poderosas de experimentar intimidad emocional real. Es ese momento en que no podemos más y nos “rompemos”, y en vez de recibir juicio, encontramos presencia. Silencio que no incomoda. Mirada que no evalúa. Escucha que no interrumpe.
Ese momento no ocurre fácilmente, ni con todo el mundo. Pero cuando ocurre dentro del proceso terapéutico, el impacto puede ser profundamente transformador.
Desde la perspectiva humanista, particularmente la Terapia Centrada en la Persona desarrollada por Carl Rogers, la relación terapéutica es el principal agente de cambio. No es la técnica, ni el diagnóstico, ni la interpretación lo que sana primero. Es la relación auténtica, empática e incondicional entre terapeuta y cliente.
En un contexto terapéutico humanista, el profesional no se coloca por encima de la persona que consulta. No dirige desde el saber, sino que camina a su lado, validando, acogiendo y reconociendo la experiencia subjetiva de quien tiene frente a sí. El terapeuta humanista cultiva la congruencia, practica la aceptación incondicional positiva, y se involucra desde una empatía profunda, no performativa.
Esto permite que el consultante, con el tiempo, se atreva a romperse sin miedo. Se atreva a explorar partes suyas que ni siquiera había reconocido. Y más aún, que pueda sentirse amado y valorado en medio de su fragmentación.
En consulta, cuando una persona llora por primera vez, o cuando expresa un secreto que jamás había dicho en voz alta, no se trata de una crisis, sino de un acto de entrega emocional. En vez de poner una coraza, el alma se permite ser vista.
Es ahí donde ocurre lo que la terapia humanista llama contacto: ese instante en que alguien toca su experiencia interna, sin defensas, y lo hace en presencia de otro ser humano disponible emocionalmente.
En ese momento no se está quebrando. Se está revelando. Y esa revelación emocional es la antesala del crecimiento auténtico.
Cuando una persona descubre que puede mostrarse entera —con sus luces y sombras— y no es rechazada, comienza a internalizar una nueva narrativa: “Soy digno de amor aun en mi dolor”. Ese mensaje puede cambiar el curso de la vida emocional de alguien. Porque muchas veces, lo que más daño nos ha hecho, no ha sido el dolor en sí, sino la soledad con la que lo hemos cargado.
La terapia no es solo un lugar para “resolver problemas”. Es, sobre todo, un espacio para ser.
Si sientes que llevas tiempo sosteniéndote en silencio, si nunca te has permitido “romperte” frente a alguien sin miedo al juicio o al abandono, quizás ha llegado el momento de regalarte un proceso terapéutico que respete tu ritmo y tu historia.
En mi consulta, te ofrezco un espacio humano, cálido, ético y profundamente respetuoso, donde no tienes que saber cómo empezar. Solo llegar.
Aquí no se juzga. Se acompaña.
Con presencia y humanidad,
Lcda. Myrna Ortiz-Rodríguez, Psicóloga.
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